Hay algún padre que admita ser un frustrado cuando es convocado por la escuela de su hijo para señalarle el mal desempeño en el aula, producto de las circunstancias familiares?
O cuando es despedido de su trabajo, aun a pesar de ser el mejor ejemplo de asistencia y conducta, debiendo resignarse a preguntarse cómo afronta la situación de convertirse en el “amo de casa” -de servicio las 24 horas – mientras  su esposa es la que salga a mantener a la familia. Con seguridad, nuevamente dirá para sus adentros, con una leve oscilación de cabeza, “soy un fracasado”.
Esta misma situación se repetirá cuando los desencuentros familiares nos confronten a una separación o un divorcio, cuyas repercusiones se magnifican cuando hay hijos de por medio. En ese preciso instante, el hombre, aleccionado en no romper promesas, se sentirá nuevamente, un perdedor.  Y la frustración volverá a invadirlo, ya que toda unión que se realiza es, en un principio, para toda la vida y con ese afán construimos nuestra vida, en torno a una promesa que pronto deberá romperse. Y entonces, ¿Cómo sigue explicando el hombre a sus hijos y a quienes lo rodean, que no es un perdedor, a pesar de que intrínsicamente sabemos que son dos los culpables del error?
Y nos queda buscar refugio en la vida común, en esa que compartimos con pares a los que llamamos “comunidad” porque creemos que hilos invisibles nos unen día a día, en el trabajo, en el subte, en la cola del supermercado o frente a una urna de votación. 
Y en el deporte descubrimos que compartimos el sufrimiento de otros hinchas, porque nuestro equipo de fútbol hace años que no gana un campeonato, porque está en la quiebra, porque sus jugadores ganan fortunas pero están sobrevalorados  y solo nos queda el comentario amargo y lleno de sinsabor y volvemos, nuevamente, a sentirnos perdedores, aunque no seamos nosotros los que corramos y pateemos la pelota y aquí bien vale eso de “mal de muchos, consuelo de tontos”, porque ni siquiera el hecho de saber que no somos los únicos sufrientes nos salva de la sensación de frustración. 
Y también cuando elegimos a nuestros gobernantes y representantes políticos volvemos a tener esa sensación o cuando decidimos militar en un partido político, convencidos de poder cambiar algo, porque vemos que nuestro partido no termina de acomodar los melones en el carro y que siempre somos los que tenemos que estar en la vereda de enfrente y claro, ésta se convierte en otra carga adicional para nuestros hombros.
Y así vamos sumando. Nuestro auto fue el único que quedó en la cuadra y con las últimas lluvias, apareció en la otra esquina, llevado por las aguas que inundaron todo el barrio. Y en el taller, el mecánico te dice: “perdiste hermano, el motor  no sirve para nada” y te sale uno y la mitad del otro arreglarlo para que nunca vuelva a quedar como antes.
Y ni qué hablar cuando lo trasladamos al aspecto económico, allí siempre faltan cinco para el peso… el eterno perdedor nunca llega a fin de mes, cambia una tarjeta de crédito por otra, refinanciando su fracaso económico. Y esto también afecta cualquier posible nueva relación amorosa, donde el macho debe ser un proveedor permanente y ni siquiera en el campo de la pasión puede ceder terreno, recurriendo incluso a las pastillas azules, convirtiéndose en un macho laboratorio-dependiente.
Y lamentablemente, aquí no terminan sus fracasos. Cuando llega a su jubilación, que viene acompañada de la ancianidad, tiene que comportarse como el “che pibe”, el de los mandados, sacar al perro a pasear, estar dispuestos a cuidar nietos o hacer algún arreglito en casa para demostrar que todavía es un ser útil y evitar que lo depositen en un geriátrico, porque la familia ya no se banca a este viejo inútil,  protestón y perdedor, que es una imagen viva de lo que serán ellos mismos en una veintena de años.  Y a Usted… ¿Se le movió algún estante mientras leía esto?

Un perdedor reflexivo


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