En materia educativa no valen solamente las buenas intenciones y la letra caligráfica prolija. Dieciséis años desde la implementación de la “Ley Federal de Educación” ha dejado su huella en la sociedad argentina.
Y más que de huellas, podríamos hablar de pisotones. La Ley Federal, tal como su nombre lo indica, delegó la responsabilidad educativa a los municipios y provincias, descentralizando así la Educación Nacional. Pero no se trató de un principio de equidad en la búsqueda de un equilibrio entre regiones, sino de una mera cuestión económica, que terminó de minar el endeble sistema de educación que la Argentina ha sabido mantener gracias a la voluntad de los actores que diariamente participan en ella y no, de los verdaderos responsables de permitir el desarrollo de este sistema en condiciones óptimas para los futuros ciudadnos que habitan este país.
Una generación de argentinos ha pasado por las aulas bajo el sistema polimodal. En breve deberán enfrentar los desafíos que plantea la búsqueda de empleo y/o el ingreso a una carrera universitaria o terciaria. Y lo más probable es que encuentren que un muro los separa de sus objetivos. Porque lamentablemente, esta ley no ha sabido estar a la altura de las circunstancias e incluso, ha demostrado con creces su inoperancia en la búsqueda de lograr un equilibrio a la hora de la contribuir a una sociedad más equitativa.
El mejor ejemplo que podemos brindar es la provincia de Buenos Aires. No solo esta Ley ha contribuido a la fragmentación educativa, sino a la desintegración social. Miles de chicos se vieron “expulsados” de la escuela, cuando se suponía que la obligatoriedad de los nueve años de ciclo básico común, los incluiría. Pibes sin ocupación y oficio y en su mayoría, presas del delito, proliferan por los suburbios de los grandes centros urbanos, con un futuro condenado a la marginalidad. La escuela es apenas en ellos, un recuerdo.
La atomización de la sociedad los ha llevado tan al margen, que no es la educación una propuesta válida para el ascenso social, como lo fue en tiempos de la inmigración. Por el contrario, se ha vuelto un simple escollo en sus planes.
Y las propuestas gubernamentales se vuelven aquí desesperados manotones de ahogado. Maestros con aulas sobrecargadas, con especializaciones “express” y con todo el stress que implica lidiar a diario con problemáticas sociales que trascienden las paredes del aula, no ayudan a mejorar la visión que tenemos de un futuro próximo, cargado de argentinos semianalfabetos y expulsados de empleos dignos.
Mientras algunos claman por declarar a niños menores como delincuentes plenos y encerrarlos de por vida, otros callan frente al horror que supone malograr -sin atisbo de culpa- a toda una generación de argentinos, en la que se han depositado esperanzas que pocos podrán cumplir, salvo que sus padres logren la vacante en esa escuela, que se ha convertido en una pequeña balsa en la tormenta, con tripulantes famélicos que todavía dan pelea.
Hoy nuestras autoridades educativas, sin plan de hacer un mea culpa, desean volver a foja cero, recuperando el viejo sistema de educación. Sin embargo, se necesita algo más que eso para enfrentar a este monstruo que hemos creado. Rogamos que estos hombres sepan estar a la altura de la circunstancias y no se lancen como quijotes tras molinos de viento, sometiéndonos a nuevos sistemas y planes que terminan simplemente convirtiéndose en auténticos fracasos educativos.
Anabella Andrea Sonhutter




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