Nuevamente la Navidad golpea a nuestra puerta, en una época del año en que quisiéramos no-sotros emprender ese viaje que María y José iniciaron antes de que naciera el niño, pero que nos obliga a  soportar el calor de la ciudad y sumergirnos en el tumulto ansioso para comprar los últimos regalos.
Navidad adornada de felicidad y empobrecida en su contenido, que nos lleva a sentarnos junto a aquellos que evitamos a lo largo del año.
García Márquez se ha referido a esta época tan brillante como “navidades siniestras” por toda la parafernalia que nos obligan a desplegar cuando ya no tenemos más ganas de festejar.
Pero aquí están de vuelta y ya sea por los pequeños de la casa o por costumbre, armamos el árbol, nos llenamos de luces de colores chinas, que nuevamente volveremos a comprar porque las del año pasado ya no funcionan, y nos aprovisionamos de todo pan dulce y sidra que salga en oferta para cuando el malón hambriento, es decir, la querida familia, se siente a la mesa y así evitar las críticas a nuestra sincera austeridad, que nuestros parientessimplemente resumen en una sola palabra: “tacañería”.
No crea lector que conservo una visión pesimista de la Navidad, las he tenido muy buenas, muy tranquilas, sin parientes borrachos vociferando barbaridades a la cuñada o a la nena que se está poniendo grande, pero me revienta ese mandato social, más consumista que sentimental,  de arrasar con todo a nuestro paso y que la tarjeta de crédito quede peor que si la hubiese agarrado un ejército de marabuntas.
Y como todos los años, me prometo que optaré por el abrazo sincero  y la cena liviana, porque la sensación de bienestar siempre es importante para cuando la mañana del 25 llega y todos se fueron y solo nos quedan los platos sucios que volveremos a lavar para poner en la mesa el 31.
Y sentirse liviano, en esta jerga de autoayuda tan boga, significa sacarse el peso del año o al menos no sumar más del que ya acumulamos. Es besar, es demostrar que los nuestros son importantes y que si bien el bolsillo está algo flaco, el corazón rebosa de obesidad amorosa.
Ser, antes que parecer buenos parientes, buenos amigos, buenos padres y buenos hijos, ése es el espíritu que la Navidad nos exige, para que cuando levantemos la copa, recordemos a ese niño, que probablemente haya existido, que nació desnudo -pero rey entre los hombres- para destacar la importancia de amarnos más allá de las ofertas y de las tarjetas de crédito.

Por Anabella Sonhütter


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