UN MUNDO VIEJO CON GENTE JOVEN
Saliendo de Buenos Aires, con las protestas de siempre : “que cómo está el tiempo, que la falta de seguridad, que el tránsito está pesado, Dios mio, Ezeiza es un mundo de gente, que el costo de la vida y los políticos que no se ponen de acuerdo” y como si estas quejas fueran insuficientes, aterrados por una pandemia que nos amenaza… por lo quién diría: mejor me subo a un avión y me voy al viejo mundo.
Viejo mundo agujereado pero reconstruido por los euros que las alcancías de cada ruina van sacando a los bolsillos sudacas. Porque allí también aprendemos que hay morochos de este tercer mundo que también dejan su aporte en euros, euros que se reciben de mal humor, sin excepción.
Nuestros familiares, aquellos que han quedado en Europa, esos mismos que dejaron algún ancestro, algún pariente en estas tierras del sur del continente, protectoras, que supieron calmar el hambre, la miseria y la brutalidad intelectual que los empujaban a estos puertos… pero ¡qué va! A ellos, a los que se quedaron, les rebota. Solo te respetan si cruzás la calle por la senda peatonal, pero para el resto, no te consideran.
Sus gobiernos se han preocupado en demasía por demostrarnos con lujo de detalle, con luces de colores, con blindex automatizados a modo de puertas no siempre dispuestas a abrirse, que sus ruinas no son solo paredes sino el signo de una deshumanidad propia de un tiempo antiguo y que sin embargo, persiste en el espíritu de los foráneos. No tienen empacho ni vergüenza en demostrar cuán magníficamente ejercieron la brutalidad, como tampoco se ruborizan cuando dejan en evidencia su avaricia exhibiendo el oro robado e incluso, manchado aun de sangre que despectivamente llaman “sudaca”.
Aun en un paseo por el Vaticano, nos quieren hacer creer que toda la modernidad aplicada a sus estructuras son originales, cuando sus subsuelos fueron reconstruidos y refaccionados en la década del noventa, especialmente el sitio donde hoy descansa el último Papa fallecido, son parte de la década pasada.
En realidad, en algunos países del primer mundo, que han quedado fijados en nuestro imaginario colectivo como verdaderos paraísos, como lo son España, Italia, Francia se vive y se sobrevive y quizás mucho peor que en el país que nosotros habitamos. Todo su territorio está ocupado por el asfalto, construcciones, piedras y agua, agua que brota ya que gran parte de las ciudades fueron asentadas en la conquista lograda a los pantanos. El agua solo puede servir en los baños pero no para ser bebida.
Ciudades monstruos donde la modernidad se come a los niños, ciudades que adolecen de la presencia de niños y la contaminación todo lo invade, a pesar de los esfuerzos individuales.
Y lo más valioso de estos pueblos es la alegría, alegría que conservan siempre que en su mano aferren una copa y que en las ventanas, las macetas le gambeteen el espacio a la ropa que cuelga al sol.
Y por aquellas calles también aprendí que lo importante, lo trascendente de esos pueblos se construyó gracias a la curiosidad alemana por lo antiguo. Fueron los alemanes quienes instruyeron a los pueblos del sur para que protegieran las riquezas que el pasado había abandonado. Y en muchos casos, las grandes urbes de Europa sobrevivieron a la catástrofe de la guerra gracias a la desobediencia de los soldados alemanes que salvaron riquezas históricas de la destrucción.
Viejo mundo que abrazó el capitalismo y que hoy hace temblar sus escasos recursos económicos ya que no tiene a quien explotar, porque sus empresarios vinieron a estafarnos, tal como lo hicieron con nuestras empresas privatizadas- y hoy padecen el castigo de la desocupación y deben dedicarse a expulsar a los sobrevivientes del tercer mundo para hacerles creer al resto que el espacio ahora sí es suficiente para todos y los pueblos se han convertido en esa cápsula cada vez más chica, cada vez más propia.
Los pueblos no son ciudades, las ruinas históricas no son seres humanos, las obras de arte, la cultura y hasta la libertad carecen de importancia si el Pueblo que integra ese mundo no es feliz y pierde su perspectiva del futuro.
Europa: un día votaste para que tu hermano europeo, nuestro enemigo, nos venciera y humillara. Hoy que te conozco, te tengo lástima.




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