Por A. Sonhutter

Durante el mes de Septiembre, Argentina celebra el “Día del Circo” en homenaje a José Podestá, que nació en 1858 en Montevideo y desarrolló en Argentina una labor pionera con el “Circo de los hermanos Podestá”. 
En nuestro país, la tradición circense se une indefectiblemente al teatro criollo, debido a que muchos de sus artistas -reconocidos por su trabajo-, fueron promotores del espacio teatral argentino, impulsando no solo las puestas de obras sino la construcción de teatros y espacios donde desarrollar los espectáculos.
En Argentina, el circo supo tener su época dorada que lentamente fue declinando, contribuyendo a ello varios factores como la lluvia de críticas y las acciones de protección animal, como así también, la promoción de otro tipo de espectáculos para los más pequeños. Sin embargo, el artista circense de  gran sensibilidad, ha sabido reinterpretar la magia del circo, otorgándole nuevamente espectacularidad a costa de su propio despliegue y reduciendo a la mínima expresión la intervención de aminales.
El circo ha dejado de ser cosa de chicos para convertirse en palabras de mayores. Desde hace unos años hemos vivido un proceso de revitalización de las artes ligadas al mundo del circo: tiradores de fuego, contorsionistas de trapecio y malabaristas de naranjas pululan por los semáforos de las grandes ciudades, en busca de monedas pero también de sueños, porque el  artista amateur no solo abraza su disciplina sino también una filosofía de vida que lo obliga a pasar la gorra como recompensa de su trabajo.
Algunas autoridades gubernamentales han puesto sus ojos en este fenómeno, por lo que desde mitad de año, Argentina tiene un espacio físico en el que siempre encontraremos una carpa de circo.
Los que crecimos en el barrio de San Cristóbal, en la ciudad de Buenos Aires, a ese interminable espacio verde que jamás fue una plaza, pero siempre ha tenido la intención de ser un parque sin árboles, bancos o hamacas lo conocimos como “el arsenal”, debido a que allí efectivamente se ubicaba el Arsenal Esteban De Luca, demolido en el año 1965. Luego los terrenos quedaron a su suerte, incluso se rumoreó en el barrio que allí se ubicaría “La Ciudad Judicial”  y los vecinos lo convirtieron en un parque para andar en bici los domingos, para jugar un picadito y porqué no, para correr a su alrededor en interminables vueltas.
Hoy el escenario de este pseudo-parque ubicado en la Av. Juan de Garay y Combate de los Pozos ha cambiado, ya que desde comienzos del invierno se ha instalado allí, por iniciativa del Gobierno de la Ciudad Autónoma, el “Buenos Aires Polo Circo”. 
Las carpas  de circo ya eran propias de este espacio, todos los años para vacaciones de invierno o de verano, hacían su aparición por el barrio y devolvían al predio algo de risas y asombro infantil.  El Gobierno de la Ciudad ha aportado hoy su cuota, sumando unas rejas perimetrales porque la inseguridad golpea a ciudadanos y a leones por igual. Y además, le ha sumado un rimbombante cartel “Polo Circo”.  Y en este espacio, gestado por los habitantes del barrio, concretado por la participación de los vecinos y de cierta voluntad gubernamental, se realizó el primer festival de circo de la Ciudad de Buenos Aires.
Las autoridades de la Ciudad han sabido capitalizar este fenómeno que vuelve vigente a las artes del circo y al artista circense, instituyendo el “Primer Festival Internacional de Circo de Buenos Aires”, organizado por el Ministerio de Cultura de la Ciudad con el apoyo de la Culturesfrance y la Embajada de Francia en Argentina que participó del evento con dos escuelas y siete compañías de circo. Durante la semana del 29 de junio al 5 de julio, se desplegó una variada programación en carpas y espacios para los distintos espectáculos, conferencias, galas y talleres.
Once compañías internacionales de Francia, España, Israel y Brasil de gran jerarquía mostraron su diversidad e interactuaron con numerosas compañías y agrupaciones locales. Durante los espectáculos, a los que asistieron más de diez mil personas,  se vieron reflejadas las técnicas de un circo más contemporáneo, con propuestas provocadoras que rescataron (como alguna vez supieron hacerlo los hermanos Podestá) la dramaturgia y la técnica en sus puestas.
Sin embargo, el polo Circo también ofreció una programación que  respeta la tradición del circo mostrando a la vez la renovación que plantea el siglo XXI en este arte, tan vigente y que sigue constituyéndose como un motor del diálogo intercultural y un espejo en el cual reflejar la tristeza para convertirla en sonrisa, en asombro, en sana diversión.


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