Todavía hoy se discute si fue una jugada de estrategia pergeñada por la conducción de la CGT, sin la debida consulta a su conductor, el General Juan D. Perón, pero el  acto multitudinario  que pasó a la historia con el nombre de Cabildo Abierto Peronista, congregó  en la amplia avenida 9 de Julio y con el obelisco como testigo, a toda la masa obrera que consideraba a Evita la madre de los humildes.
Y aquel 22 de agosto le exigieron su protección y consuelo no solo con las palabras que tanto los reconfortaba, sino con hechos, la querían junto a Perón. Más de un millón de argentinos le pidieron al unísono que Evita fuera la vicepresidente en la fórmula que promovía a Perón a una segunda presidencia.
El Pueblo Peronista hizo sentir su voz y su deseo y exigió a los gritos una respuesta, lo que forzó esa noche a  Perón a hablar y a Evita a llorar. Esta “interna” de la que nunca sabremos a ciencia cierta cómo fue promovida, terminó unos días después, el 31 de agosto,  con  el histórico renunciamiento de Evita, la abanderada de los humildes.
Han pasado mu-chos años, sin em-bargo algunos militantes hoy discutimos si estuvo bien o mal la actitud tomada en aquel entonces, sin que podamos ponernos de acuerdo. Lo evidente es que el General Juan Domingo Perón, líder indiscutido del proceso revolucionario peronista, no estuvo de acuerdo con esa fórmula y en consecuencia fue la actitud tomada por Evita, el acatamiento como la mejor forma de mostrar fidelidad al hombre y al movimiento. De esta forma, el renunciamiento de Evita se convirtió en el único de su género y en el único que podamos recordar por eso Evita sigue siendo modelo del Pueblo argentino, que sigue buscando en sus políticos ejemplos de esta humildad, valor y fidelidad.


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