SOLO SE TRATA DE COMER
La comida y las emociones se encuentran íntimamente ligadas. Solo nos basta con repasar un poco nuestros propios sentimientos: si estamos tristes comemos más , si estamos ansiosos se nos cierra el estómago o se nos abre en forma desmesurada el apetito.
El componente emocional en la forma en que comemos no es algo nuevo. Ya en la década del treinta fue investigada por Hilde Brunch, una médica alemana que emigró a los Estados Unidos donde postuló su teoría. Esta investigadora señaló que en época de crisis las personas ingieren más alimentos porque amortiguan, de ese modo, las situaciones desagradables. Y citó como ejemplo a las regordetas viudas de los soldados caídos en la batalla.
La comida está siempre presente como una forma de canalizar nuestras ansiedades, de allí que ocupe un lugar de importancia en nuestra vida, no solo porque nos nutre, sino porque a través de ella podemos vehiculizar lo que nos está pasando… y a las mujeres argentinas nos está pasando un montón de cosas…
En nuestro país, comer sano, rico y variado es cada vez más difícil… las mujeres nos hemos volcado al mercado laboral, en algunos casos para ayudar a la economía casera, pero en otros porque directamente nos hemos convertido en sostén de la familia. Y la comida se ha vuelto nuestra preocupación diaria tanto ya sea porque debemos procurarla o porque debemos cocinarla y servirla en la mesa.
Crecimos bajo un modelo de comida casera hecha por nuestras madres y abuelas que hoy -por falta de tiempo y presupuesto -no podemos repetir. Y eso nos vuelve terriblemente culpógenas. Nuestros niños se alimentan a salchichas y hamburguesas porque a las ocho, cuando llegamos a casa, luego de una extenuante jornada, nuestro cerebro y nuestros brazos no se encuentran en condiciones de probar exitosas fórmulas de alquimia en la cocina, a pesar de que nuestra media naranja nos presente como brujas consumadas.
Si es en sobre y se hace en menos de diez minutos, mucho mejor. Y las multinacionales dedicadas al alimento envasado lo saben: arroz a la valenciana, puré a los cuatro quesos y exquisitas patitas de vegetales pueden satisfacer los deseos de toda la familia y solo nos lleva quince minutos y un par de cacerolas para la preparación. En la comida del siglo XXI el lema “si breve, dos veces bueno” se cumple a la perfección.
Sí, ya sé, no me diga, pero los costos se incrementan, es cierto… ¿pero para qué trabajamos como locas? Para liberarnos del yugo de la cocina y adquirir otros que sin embargo, nos harán sentir “liberadas”.
Pero la culpa sigue ahí. A mí de noche, todavía me hace ruido… ¿Estaré alimentando en forma correcta a mi pequeña niña? ¿Recibirá los nutrientes que necesita para crecer fuerte y con la mente despejada?
E inevitablemente el olor del tuco de mi abuela me llega desde un lugar lejano en la memoria… esos ravioles de verdadera espinaca fresca, con esa ricota comprada el mismo día y esa masa suave, amasada con tesón desde la ocho de la mañana en la vieja mesa de madera… y me consuelo pensando que los alimentos ahora vienen fortificados que la vitamina B y C, que el ácido fólico, que el hierro de la leche y el zinc del yogur… Cuando yo era chica el yogur se compraba en envases de vidrio que luego había que devolver y ¡qué rico era sin lactobacilos a la vista!
Y crecimos igual de sanos, igual de fuertes, igual de inteligentes… y ahora que descubrimos que las emociones están ligadas a la comida se me da por intuir que toda la fortaleza, la salud, la inteligencia no la recibimos solo porque la nonna amasaba los ravioles con ingredientes frescos, sino porque lo hacía con mucho amor, porque no comíamos simplemente ravioles, sino que participábamos -en familia- de un ritual sagrado todos los domingos y la seguridad de contar con cada uno de los que formábamos esa gran cofradía nos daba la confianza para crecer sanos, fuertes, inteligentes y con confianza en nosotros mismos.
Y es esa misma fuerza la que sigue vigente ahora en un puré instantáneo hecho con las últimas energías que nos quedan, un puré que nos congrega a la mesa a contarnos las desventuras y aventuras del día, mientras que las emociones se desparraman por el mantel y la comida se termina en los platos.





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