No se asombre, claro que está vigente, existe, se aplica a diario en el país… ¿O acaso no muere más de un ciudadano por día en nuestro país, en manos de otro? 
Si no es el florista, es el policía, el almacenero, el profesor que regresa luego de un día de trabajo y es sorprendido en la puerta de su hogar, el colectivero que realiza su ronda, el taxista que se aventura en la noche, el farmacéutico que atiende detrás de una reja, el hijo del empresario y la nena del obrero que juega en la vereda. Incluso Doña Rosa, cuando sale con su bolsa para hacer las compras se arriesga a ser la próxima condenada…
Sí, la pena de muerte está impuesta a la fuerza en nuestro país y es especialmente pena, porque así nos deja: lamentándonos, llorando hoy o más tardar mañana nos llorarán a nosotros.
Ya no importa la tecnología que utilicemos, ellos, los terroristas  (porque eso son los que siembran el terror entre la población), entran, destruyen, roban, matan  y huyen conscientes del daño y la impunidad.
Y lamentablemente nos encontramos que como hay buenos policías que arriesgan su vida, otros canallas se convierten en cómplices malditos que vestidos con la piel de policía son en realidad chacales que trabajan a la par de los delincuentes. Son ellos los verdaderos merecedores de la pena de muerte, porque llevan las manos sucias de mucha sangre inocente.
¿Qué es lo que están pidiendo los ciudadanos? Que se termine esta forma de matar al Pueblo, que se aplique la ley con todo su rigor y que se convierta en una herramienta correctiva no, degeneradora. Que se termine la protección para estos mal paridos.
Que se equipe a la policía con los elementos necesarios y que se adecuen los sueldos a la tarea importante que realizan, que es antes que nada, la prevención del delito.
Lo decimos desde el dolor de un gremio que sufre asaltos todos los días, las farmacias se han vuelto un blanco apetecible.
Los asaltos se suceden regularmente y las muertes también.
Basta de tanta injusticia, nos sentimos al límite de la paciencia. Los pueblos, frente a situaciones límite han sabido hacer sonar el escarmiento porque, por el Dios que reina en los cielos, no queremos más penas de muerte.


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