Primer día de clases
Por Anabella A. Sonhütter
N
No recuerdo el primer día de clases. Sé que tenía cinco años, por lo tanto, algo debo recordar, pero estoy segura que no el primer día de clases.
Recuerdo otros días de clases, como cuando los días de lluvia nos quedábamos en la sala y armábamos grandes construcciones con bloques de colores o el olor a madera nueva que tenía un roperito del rincón de la mamá. Recuerdo la sala, a la maestra y los rostros de algunos de mis compañeros plasmados en la infaltable foto del recuerdo. Recuerdo el disfraz de una fiesta escolar y las medias cancán que tanta alergia me producen. Pero insisto, el primer día está totalmente borrado de esta memoria selectiva, siempre dispuesta, en mayor medida, al buen recuerdo.
¿Es que será que para los niñitos el primer día de clase no significa mucho y sí representa algo importantísimo para los padres?
Ahora que soy madre puedo decir que mi primer día de clases fue aquel en que crucé el portal del jardín al cual va mi hija. Ese día me temblaban las piernas, sudaba a mares y tartamudeaba frente a algunas preguntas de las maestras, mientras una lágrima rebelde intentaba deslizarse por mi mejilla.
Las fotos de ese día hablan de la tranquilidad de mi hija: jugando en el nuevo tobogán multicolor o sentada frente a un vasito de leche, apenas mira la cámara.
Y en la mirada noto que me pregunta ¿mamá, por qué tanto nervio? Y es que en ese instante todos los primeros días de mi vida se me vinieron encima… mi hija, mi mejor obra, mi cachorra, estaba entrando en ese camino sinuoso que nos traza la sociedad y que nos llevará a formamos como individuos.
Ese día caluroso de marzo, mi hija comenzaba a transitar el primer peldaño de escolaridad que puede llevarla por distintos caminos, los cuales transitará prácticamente sola, años en que afianzará sus preferencias, su carácter, el conocimiento que recibirá.
Y me emociono, y me asusto, y me recuerda vagamente a aquella criaturita que fui, a la que poco le importó el primer día de clases ni las manos sudadas de mamá mientras juntas atravesábamos las puertas del jardín.




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