CUANDO SUENA EL SILBATO
Una de las frases que más nos identifica como argentinos es “lo atamo con alambre”. E invariablemente, este compendio de sabiduría resumida en cuatro palabras, es aplicable a un sinfín de situaciones.
Atamos con alambre un caño de escape caído de nuestra vieja F100, pero también atamos con alambre en situaciones que frente “a la falta de”, nos hacemos cargo y en forma ingeniosa, aplicamos otros recursos para resolver cuestiones cotidianas. Y para muchos argentinos, la falta de seguridad en la vía pública se ha vuelto más que una realidad de los tiempos que corren, se ha convertido en el fantasma que recorre las grandes urbes en busca de víctimas que en muchas ocasiones, no saldrán en el diario.
Y cuando los recursos fallan o faltan, aparece “el alambre” entendido como la herramienta, la forma, el método de ir pasando el temporal sin el paraguas necesario. Guatemala hace tiempo que utiliza su propio “alambre judicial”, cuando se sospecha que algún ciudadano ha cometido un ílicito, sin juicio previo, solo con el dedo acusador de algún iluminado, se procede al linchamiento. Y esto ocurre porque la mayoría descree del accionar de la Justicia, siempre lenta, siempre atada de pies y manos. Cien ejecuciones públicas al año acusan los guatemaltecos, una cada tres días, un número importante como para no tenerse en cuenta. Y los especialistas señalan que esta costumbre se está extendiendo por toda Latinoamérica, especialmente porque no es nueva, sino por el contrario, es ancestral: los aymará aplicaban esta Justicia y los pueblos originarios exigen seguir haciéndolo.
Argentina no ha llegado a esos extremos, solo en contados casos, aunque es cada vez más común ver en los noticieros cómo una turba agitada por la rabia prende fuego la vivienda de algún presunto violador. Y cuando de seguridad se trata, los argentinos también hemos aprendido a usar el alambre o mejor dicho, el silbato. Hay demasiados violadores sueltos, demasiados atracadores, demasiados delincuentes dispuestos a no respetar la vida del prójimo. Y como son pocos los que tienen alma de vengadores anónimos, en vez de portar un arma, portan un silbato.
Las chicas de Córdoba fueron las primeras en usarlo. Cerca de la Universidad el peligro acechaba: un hombre corpulento contaba en su haber con más de treinta mujeres, en su mayoría muy jóvenes y universitarias, como sus víctimas. Entonces, una de ellas pensó que no estaría sola si en medio de la oscuridad y frente al peligro, hiciera sonar el silbato. No sabemos a ciencia cierta si el método fue efectivo, pero el violador fue apresado y los silbatos volvieron a dormir el sueño de los justos en las carteras de las damas cordobesas.
Hoy vecinos de la Ciudad de Buenos Aires han vuelto a reflotar su uso. La situación lo exige. Las comisarías no tienen suficientes móviles para patrullar las calles, los efectivos policiales están desbordados y los recursos de Nación no llegan, son los argumentos preferidos por los distintos comisarios. Entonces los vecinos han optado por el alambre, o mejor dicho, por el silbato. Cansados de los atracos, los integrantes de la Asociación vecinal Balvanera al Sudoeste, por ejemplo, que cubre los barrios porteños conocidos como Congreso, Abasto y Once, comenzaron a usar el silbato hace cinco meses y señalan orgullosos que ya han evitado diez ílicitos.
Lo llamativo del método es que son contadas las ocasiones en los que interviene la policía, sino que son los mismos vecinos los que actúan socorriendo a la víctima. El ladrón intimidado por la multitud suele desistir y hasta recibir algún castigo “correctivo”.
Recientemente uno de los criminales más buscados de la Argentina fue apresado de esta forma por una multitud de visitantes a un shopping, que salieron en auxilio de una mujer que estaba siendo asaltada. Grande fue la sorpresa policial cuando descubrieron que ese joven delincuente que temblaba de terror, era el asesino a sangre fría del ingeniero Barrenechea.
El silbato es un signo de que hemos ido desterrando nuestro tan arraigado “no te metas” y eso es muy bueno. Lo malo es que aun el silbido no ha llegado a los oídos de quienes deberían escuchar el reclamo diario de cientos de miles de argentinos que han denunciado, que han reclamado justicia, que incluso han contado cómo y cuándo fueron víctimas de un crimen en un mapa cibernético o frente a las cámaras de televisión.
Es bueno no estar solo a la hora de defenderse de los delincuentes, pero este silbato debería poner en alerta a nuestras autoridades policiales y gubernamentales, no vaya a ser que después del silbato, además, suene el escarmiento…
Anabella A. Sonhütter




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