¿QUÉ GUSTO TIENE LA SAL?
Esta frase está en el recuerdo de todos aquellos que crecieron en los ochenta y de los padres que rescatando el niño que habían sido, también disfrutaron de los chistes y gags de ese señor con flequillo impecable.
Hoy cuando escuchamos esta frase es inevitable no remitirnos a lo dulce de aquellos años y de lo salado que hoy sentimos todo, con una caja boba que se replica en cada una de las habitaciones de nuestro hogar. Con una televisión que ha convertido la vida y los sueños de cada uno en un gigante cabaret donde se exhiben, aún en plan de hacer humor, las peores miserias. Es por eso que con los años, aquello que nos pareció tan sabroso a pesar de lo salado, hoy comienza a parecernos tan, tan distinto.
Hubo un tiempo que lo que convocaba a los niños frente a un aparato de televisión era la ingenuidad de personajes faltos de toda maldad: el Capitán Piluso y su infaltable compañero Coquito, Carlos Escaciota y su movediza Violeta, Minguito con su agenda de papelitos, José Marrone con su gestual “Cheeee” o la seriedad de los cuentos de Verdaguer, con sus silencios cómplices. Personajes que plenos de humildad nos invitaban a la risa franca, a la broma sin connotación de maldad, al gusto por la familia, al sabor a Pueblo. Y así íbamos al cine y todos nos reíamos con Porcel y su enorme humanidad o con Calabró y su “enfant terrible” que luego de destruir todo a su alrededor, recibía simplemente un cortito correctivo y un reto que convencía al espectador que la que siempre gana, es la risa ajena a todo tipo de violencia.
Todos ellos eran hijos de otros cómicos que desde aquellos tiempos en los que la televisión era una rareza, las delicias se trasmitían por radio, como fue el caso de Fidel Pintos con su Mesié Canesú y Churrinche.
Pepe Biondi hizo las delicias de varias generaciones que veían una y otra vez sus sketchs poblados de personajes, todos sus Pepes, cada uno con sus particularidades: “Curdeles”, el borracho, “Galleta, el único guapo en camiseta” y Narciso Bello con su infaltable “mama, por qué mi hiciste tan lindo”. Tres generaciones de argentinos rieron con sus ocurrencias y a pesar de su muerte a mediados de los setenta, sus gags se siguen repitiendo y sumando adeptos.
Olmedo era ante todo un gran improvisador que enloquecía a sus partenaires. El desenfado, la alegría “a pesar de”, la contagiosa comicidad y sus salidas insólitas, con personajes como El manosanta, Rucucu, El Yeneral Gonzalez y Borges, lo convirtieron en el preferido de los chicos primero y de los grandes después.
Mauricio Borezstein, al igual que Fidel Pintos, dio sus primeros pasos en la radio donde hacía de Igor, un alumno insoportable. Fue en 1957 que comenzó en Canal 7 con sus monólogos que solo se discontinuaron cuando sus palabras molestaron a ciertos generales. Pero lo suyo no fue solo el humor, fue también la invitación a pensar. Murió en 1996 sin dejar sucesor. Todavía seguimos extrañando la claridad con la que podía mostrarnos la realidad y siempre, para que no salir espantados, con la cuota de humor necesaria a modo de salvavidas frente a la inundación que representa nuestra realidad nacional.
Estos capocómicos fueron antes que nada, creativos y como tales, no necesitaron de la vulgaridad para hacer reír. Eran exquisitos en todo sentido: en la construcción de los personajes, en su carrera artística muy ligada al mundo del circo o del teatro, y en la preservación del humor. Cada uno con su marca, cada uno con su estilo, supieron convertir a la risa en la sal de la vida. El Negro Olmedo, Tato Bores y Pepe Biondi tenían estilos diferentes pero un mismo objetivo: hacer humor inteligente, familiar, inofensivo, a lo sumo, picaresco. Tenían en común la amistad, el amor a sus familias, el respeto por sus colegas y la celebración de la vida en cada proyecto que encararon. Quizás por esto se han vuelto de bronce, se han convertido en seres irremplazables y quizás por esta misma razón, hoy los extrañemos tanto y nos sigamos preguntando… ¿Qué gusto tenía la sal?
El espectador nostálgico




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